Interpretación de interpretaciones.
Septiembre 12, 2006
El cuerpo manda avisos, necesidades, expresiones sobre lo que somos, si es que sabemos lo que somos. La necesidad se torna imperiosa: dar interpretaciones a signos que nos atraviesan. Hoy las palabras juegan caprichosas encima de un libro de libros (de signos). Será entonces, hoy, decía, una interpretación al libro “El Siglo” del filosofo francés Alain Badiou, lo que nos convoque.¿Quién es Alain Badiou? ¿Puedo saberlo? Una aproximación.
Alain Badiou (Rabat, 1937) enseña filosofía en la universidad de Paris VIII, Vincennes y en el Colegio internacional de filosofía. Autor de una vasta obra e intelectual ineludible para quienes tratamos de soltarnos de los tentáculos de las teorías dogmáticas imperantes al momento de desembrollar nuestro presente. ¿No es ésta una práctica intelectual?
Iluminemos el escenario.
Para posibles herejes y/o ávidos de nuevas lecturas (interpretaciones) provocamos con algunos de sus textos más insidiosos: “Manifiesto por la filosofía” (1990, Nueva Visión); “La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal”(en Batallas Éticas, 1995, Nueva Visión); “San Pablo. Fundación sobre el universalismo” (1999, Anthropos, Barcelona); “El ser y el acontecimiento” (1999, Manantial) y el libro al que va hacer referencia este escrito: “El siglo” (2005, Manantial).
Hice referencia, hace un rato, sobre la necesidad del juego de las palabras sobre el tablero de este escrito y propongo tomar como intención, como fuertes intenciones, que me han estimulado, ciertos “gritos de pintura”, gritos que se sienten a través del texto.
¿Qué es un siglo?
¿Qué es el hombre?
¿Qué es la vida?
¿Qué es el tiempo?
¿Qué es un negro?
Las “líneas” que se escucharán a continuación, no serán respuestas a estos interrogantes, ni mucho menos una explicación sobre determinada temática, y menos aún una “síntesis” (reseña) del libro, sino algo más humano: serán gritos sobre gritos. Y como toda expresión corporal, por decir así, será desordenada. Desordenada: no sistemática.
Gritos que intentarán abordar, aproximar, esculpir y reinterpretar gritos, problemas si se quiere. Pensar. Creo que eso es lo que intento aquí.
El abordaje que intento, no es una crítica absoluta objetiva y por lo tanto inútil, sino que la crítica sólo existe, si es que existe, subjetivamente, para cada uno, y sin el menor carácter de generalidad.
Intentaremos gritar, pararnos sobre, y ver, por un lado, la insistencia de categorías decimonónicas a la hora de construir un relato historiográfico sobre categorías como: objetividad, verdad, relativismo, objeto de estudio, recortes espacio-temporales, realidad objetiva y otras tantas expresiones que circulan como en rondas, sin atravesar a nadie, o mejor dicho, sin atravesarnos; y por otro lado, cómo podemos abordar y construir como si fuese un bricolaje, cortando y pegando, sin fórmulas ni “pasos a seguir”, un relato, ahora sí, historiográfico, si ustedes así lo prefieren.
Aquí encuentro lo “sugerente” sobre el libro que interpreto.
¿Cuál es la “cualidad” de la obra que existe fuera de nosotros?, se preguntaba Roland Barthes con respecto a la objetividad en materia de la crítica literaria, en su ya clásico “Crítica y Verdad” (1966).
Nada existe fuera de nosotros.
Nada que sea humano me es ajeno, gritaba el joven Marx.
¿Por qué esta explicación innecesaria, dirán ustedes?
Para mí es pertinente, a la hora de hacer interpretaciones, tal aclaración, arbitraria desde ya, porque siento un tremendo grito sobre el hombre, sobre nosotros, dentro del libro de Alain Badiou.
Ustedes dirán algo al respecto, cómplices lectores, también son responsables de lo aquí manifiesto.
Siento al momento de escribir, como hicieron los artistas de “principio de siglo”, el derecho a proclamar: “pues hemos conocido los escalofríos y el despertar”.
Considero oportuno decir, que no sólo es posible, sino necesario, despertar del profundo y obnubilante reposo intelectual y del exitismo obediente del presente. ¿Qué estoy diciendo? Que debemos pensar con nuestras propias herramientas, y como se nos ocurra, nuestro presente, por llamar de alguna manera a esto que nos sucede.
Quiero citar textualmente al filósofo: “(…) el filósofo considera a la historia desde el punto de vista de su inexistencia, lo que quiere decir: no hay Razón en la historia, y cada secuencia debe ser reportada a lo que ella tiene de singular y de relativo (…)”.
Si acordamos en esta idea, podemos decir que mi abordaje, mi reinterpretación, es más filosófica que historiográfica (claro, si es que aceptamos esta disyunción).
Nada más lejos que proponer un relativismo ingenuo, irresponsable y frecuente. Tampoco es mi intención “mostrar”, hacer evidente eso que “está oculto”, no se trataría de la acontecimentación (como en Foulcault) como un procedimiento de “análisis útil”. En este sentido no pretendo hacer surgir una singularidad.
Interpreto que la idea sugerente es ver lo propio de una singularidad.
Ver qué se manifestó, qué se actuó, qué prácticas se desplegaron en el siglo mismo, cualquiera sea.
Pensar en un balance de lo que un siglo (construcción temporal de la filosofía decimonónica) significó para su gente. Dicho de otro modo: qué verdades fueron posibles en lo que se llamó el siglo veinte, o en términos kafkeanos: “todo el mundo puede no ver la verdad, pero todo el mundo puede serla”.
Permítanme, voy a ser reiterativo: lo sugerente del texto es que nos preguntemos qué significó el siglo veinte para nosotros, y más aún, precisamente, y sobre todo, qué significa el siglo veintiuno. ¿Por qué?. Porque nuestra sangre es vigor.
Con respecto al siglo veinte, siguiendo a Badiou, éste se pregunta, qué pensaron los hombres que no fuera un mero desarrollo de un pensamiento anterior (siglo diecinueve). Qué se pensó que antes fuera impensado.
Lo que va hacer el autor es tomar y seguir algunas huellas propias de la producción del siglo antes de que se borren. Es decir, hacer inmortales, no se asusten por el término, obras dispares y ver qué pensó el siglo sobre sí mismo.
Esto es sumamente interesante: apropiarse arbitrariamente, como toda apropiación, de documentos que poco dicen de estadísticas, sino acercarse a manifestaciones inmanentes propias del siglo y sin ningún principio de cientificidad.
Obligarlo a hablar, pero no ya desde los grandes relatos ni desde las discontinuidades, sino desde el hombre mismo; obligarlo a hablar de sus insurrecciones no representables, de sus secuencias políticas, de sus creaciones artísticas, en fin, del hombre, y sin ningún elemento de que exteriorice la productividad de su existencia.
Qué se le ocurre al autor: Interrogarlo desde una obra de teatro, desde un poema, desde de un film, es decir, forzarlo a gritar singularidades.
Aquí nos encontramos en el meollo del asunto: por un lado, no es el tema, el “objeto de estudio”, por otro, tampoco nos interesa la problemática generalizante (autoritarismos, democracias, y demás clichés académicos imperantes) o síntesis explicativas y rigurosas, sino todo lo contrario, lo importante del presente opúsculo (al decir del autor) será para nosotros la arbitrariedad en la elección y/o creación de fuentes para hacer pensable al siglo. Será una apuesta a través del cómo, pero no solamente acerca de la forma en que abordamos a través de documentos (fuentes) al siglo, sino también y principalmente cómo creamos nuevos abordajes (nuestras propias fuentes) que nos entrelacen con la propia producción subjetiva del siglo.
Escuchemos al autor para clarificar un poco el panorama: “… la cuestión no pasa por juzgar al siglo como un dato objetivo, sino por preguntarse cómo ha sido subjetivado…”. Éste preguntarse manifiesto por el autor, lo traducimos así: qué preguntas puedo hacerles a las fuentes que van a decirme qué pensó el siglo, y que otras puedo crear (en complicidad con lo subjetivo propio del siglo) para tornarlo repensable.
Pregunto: ¿no estamos repensando algunas cuestiones? Desde ya que sí.
Entonces, ¿qué es el hombre?
Para poder pensar “al siglo” (desde ahora en adelante pondré comillas al siglo, por su impronta abstracta en lo concerniente al término) el autor arroja semejante exclamación para decir que asistimos a la creación (en “el siglo” mismo) de un hombre nuevo: “cambiar al hombre en lo que tiene de más profundo”.
Pero este nacimiento (el hombre nuevo) sólo era concebible con la destrucción del hombre viejo. Esta idea de comienzo, este nuevo mediodía, este pensamiento no pensado anteriormente, dará a luz la subjetividad del siglo.
Contra lo que el siglo diecinueve soñó, anunció y prometió, “el siglo” veinte declaró que él hacía aquí y ahora. Este es un fuerte axioma que recorrerá el libro en cuestión: este hacer subjetivo característico del “siglo” veinte contra el profetismo del precedente, el autor lo conceptualizará como pasión de lo real.
El texto que hacemos referencia es de una complejidad que entusiasma, múltiples lecturas podemos desprender de éste, pero ¿qué nos dice a nosotros cómo constructores (interpretadores) de discursos, es decir como intelectuales, como sujetos ávidos de jugar nuestra pasión en un real?. No es que diga algo por sí solo, sino que uno mismo lo obliga a decir, es decir, las reinterpretaciones son ésto: forjar lo ya dicho pero en otro sentido, y en éste sentido rescato los recursos con que el autor hace hablar “al siglo” sobre sí mismo, la elección sobre determinadas fuentes y no otras, éste interés por ver donde se jugó realmente la pasión de lo real, es lo que nos exhorta a seguir a éste filósofo. Vuelvo a repetir: no es lo novedoso de un tema lo que el autor se trae entre manos, sino precisamente (y no es casualidad que haga pensable “al siglo” desde una obra de teatro, siendo él mismo un escritor de obras de teatro y en algún momento también actor) que lo novedoso se manifiesta en la entrega total hacia un real. Es desde una perspectiva con fuerte carga cultural y compromiso intelectual donde el autor se para sobre el “siglo” y lo interroga desde una pintura, un poema, textos psicoanalíticos, escritos filosóficos, manifiestos políticos, una película; la lista es larga…
Quiero decir, dicho libro puede replantearnos algunas cuestiones a la hora de intentar expresarnos, por llamarlo de algún modo.
Como verán, vamos y venimos entre las fuertes interrogaciones sobre “el siglo” y el modo de tratar de hacerlo pensable: sus propios documentos. Disculpen el desorden, no puedo pensar sistemáticamente.
Entonces, ¿veníamos hablando del hombre, creo, no?. “El siglo” veinte lejos de estar poseído por las ideologías (de derechas y de izquierdas), sentencias éstas generales y como tal simplistas, que provienen más del lado de los moralistas del derecho pero también de los llamados nuevos filósofos, “el siglo” decía, fue esa gran apuesta de la pasión de lo real.
A pesar de que el autor se adentre en los vericuetos, interesantes desde ya, de la secuencia política post primera guerra mundial y la consolidación del régimen soviético, lo que me urge es insistir en la arbitrariedad de la elección de sus documentos para pensar cómo fue subjetivado “el siglo” desde su nacimiento, y para esto recurre a un poeta insurrecto ruso, que se levanta contra el despotismo stalinista sin más armas que la virtud poética, nada menos: Mandelstam.
No es mi intención teorizar sobre esta secuencia histórico política, lo dejo al deseo de mis cómplices lectores, pero sí decir que El Siglo, esta vez sin comillas, es el nombre del poema del autor mencionado, y que para Badiou dicho poema le resulta ejemplar a la hora de pensar “el siglo”. ¿Por qué?. No importa el por qué. Lo que sí importa es que un poema es “utilizado” como documento (fuente). Un poema, sólo eso, un poema. ¡Se dan cuenta ustedes!
Badiou entre lo dispar del material con que aborda “el siglo veinte”, dice que el “siglo” formula el gran interrogante ontológico: ¿Qué es la vida?
Para luego interrogarse: ¿Qué es la vida del tiempo?
Pensará en clave del tiempo, precisamente, la vida.
A rgulle en éste sentido, o mejor dicho, afirma un pensamiento que: “(…)
De lo mecánico del “siglo diecinueve” pasamos a lo orgánico propio del “veinte”. Entonces, podemos decir: ¿qué es la verdadera vida, vivir verdaderamente, con una vida adecuada a la intensidad orgánica del buen vivir? En ésta clave entenderemos al “siglo veinte”, para repensar su despliegue.
Es necesario hacer un enroque, volver a la pregunta, para mí esencial, sobre ¿qué es el hombre?, y hacerla jugar con el concepto sobre el tiempo.
Tenemos que tratar de descifrar la potencia de éste, para así sustraernos a la concepción decimonónica del tiempo, la cual profesaba que el hombre debe estar en el tiempo de la historia.
La heroica puesta en acto del hombre del “siglo veinte” es confrontarse con la historia, dominarla políticamente. El hombre nuevo manifiesta, intenta y resuelve forzar la historia.
El autor, centrando la cámara sobre qué es el hombre, denomina el “siglo veinte” como un historicismo-voluntarista: la subjetividad del hombre va a consistir en tratar de pararse encima, sobre ese gran monstruo que es la historia (el siglo).
Este enroque, necesario, me sirve para ver, otra vez, cómo categorías que parecen tan “naturales”, digo, tan abstractas, tan del sentido común, como pueden ser hombre, vida, tiempo, historia… son pensadas y conjugadas desde un poema. El gesto es cuanto menos delicado, es decir, no frecuente.
Dejar de lado la máxima del “siglo diecinueve” positivista: abandonarse a la vida del objeto, entregarse al movimiento de la historia, no son asuntos para ignorar y por ende, no combatirlos, ya que asistimos en pleno “siglo veintiuno”, por llamarlo de alguna manera, al imperio de las democracias parlamentarias y religiosidad extrema, donde las consignas son: entregarse a la pasividad estúpida e irresponsable del ciudadano democrático, al obediente exitismo de la tómbola del mercado y sino, ya desahuciados, abandonarse a dios. Precisamente de éstos estigmas es que tratamos de deahacernos, eso sí, errabundeando, girando, pero viendo el escenário.
Por motivos de extensión sobre esta interpretación, dejo para otro momento pensar en términos de: vitalismo y voluntarismo propio de “comienzos de siglo”.
Pero si necesito expresarme sobre el concepto del autor sobre el siglo como un siglo historicista-voluntarista. Cuestiones a desentrañar.
Por un lado, el historicismo como categoría propia del siglo diecinueve está ligada a la historia como protagonista donde “el hombre no hace más que entregarse a ella” (Hegel), y por otro lado, el voluntarismo del siglo “naciente”. El “siglo veinte” va a asistir a un vitalismo voluntarista; vitalismo porque comienza un mundo nuevo y voluntarista porque el hombre va a tratar de sostenerse encima de ese “gran monstruo”, dirá Mandelstam, que es el siglo, es decir, la historia. Sostenerse en un cara a cara, en un atroz combate, sin saber ya el resultado, arremetiendo, y con la única certeza de saber que de allí no se sale ileso.
En el estilo vitalista del siglo, encontramos a ese otro gran artista, poeta también éste, Paul Valery, manifestando que lo real es siempre arrancamiento a la reflexión, caída en lo inmediato y el instante, “epifanía del cuerpo”.
Sabemos que la serpiente es uno de los animales de Valery, dice Badiou.
Nosotros decimos: “el siglo” en cuanto activa la pasión de lo real será la serpiente que muerda su propia cola, despertará la conciencia lúcida de sí mismo.
Del vitalismo que encontramos en Valery, con su expresión “epifanía del cuerpo”, Badiou afirma, inclinado, una vez más, sobre el teatro, que: “(…) el siglo veinte es el siglo del teatro como arte.” Y será Bertolt Brecht el que experimente cambios tajantes en la dramaturgia.
En este giro hacia el teatro como herramienta de pensamiento es preciso detenerse, reveer y volver sobre lo pensado y dicho hasta aquí.
Otra vez, si es posible, citemos a nuestro inspirador: “(…)quién es actor, de qué obra, y en qué escenario”. Vamos despacio, otra vez: quién es actor (qué hombre), de qué obra (qué documento, fuente) y en qué escenario (la historia). Después de todo yo también quiero jugar, arbitrariamente, con los conceptos. Vemos así como estos conceptos siempre están presentes, o hacemos que lo estén en el escrito.
El teatro es una herramienta (un pensamiento) de construcción de verdades, donde los sujetos son en tanto que son, es decir, en tanto su puesta en acto.
Sorpresiva e instantáneamente, cual espectro, se nos hace presente el inmortal Shakespeare: “el mundo es un gran escenario, y el hombre está condenado a actuar”. El actor (político si se quiere, pienso en Shakespeare, no se olviden) condenado a actuar, se enfrenta, combate sin más armas que la virtud, y aquí lo interesante: ésta nunca es suficiente para su tarea. Aproximación trágica de lo que Badiou llama pasión de lo real.
Más adelante se verá claramente cómo virtud y tarea se interpretan, y lo que implican en tanto fuerza y sentido, en lo que Žižek llama “la cosa misma”.
Este despliegue de la pasión de lo real es lo que tiene de propio “el siglo”; subjetivamente vemos al hombre parado sobre el siglo, actuando, sólo teniéndose a sí mismo, y sin ningún soportre trascendental, por decir así.
El hombre va a actuar en un total desconocimiento, separándose radicalmente del positivismo decimonónico triunfante que profesa el poder del conocimiento científico.
Lo que se juega en el “siglo veinte”, lo que se pone en escena, siguiendo a Badiou es: “un extraordinario poderío de la ignorancia”. En éste sentido, podemos pensar el Jazz como “esa asombrosa escuela de improvisación”, siendo una expresión artística del siglo, otra de las tantas.
Esta condena shakesperiana a actuar es una experiencia subjetiva que no conocemos de antemano, azarosa, y que se actúa en lo singular de cada situación, en lo que tiene de singular la historia. Solo aquí podemos hablar de Historia.
Robémosle palabras a Žižek, que le roba no sé a quién: “el siglo veinte intentó llegar a la cosa misma, realizar directamente el anhelado nuevo orden”.
Éste intento de llegar a “la cosa misma”, se despliega sin previas recetas. La fuerza de la cosa misma es que no podemos darle un sentido. Es decir, la fuerza misma de la cosa, no puede en ningún caso decidir su sentido, precisamente porque no existe como cosa.
Si no podemos determinar el sentido de “la cosa”, es que en la pasión de lo real en el “siglo veinte” vemos gestos artísticos imposibles de encontrar en el siglo precedente.
Este cara a cara del actuar del hombre nuevo, podemos pensarlo como una transgresión violenta, entusiasmo del presente absoluto y una total alteración de los valores. Como lo expresa el autor: “la pasión de lo real carece de moral, se sitúa mas allá del bien y del mal”. La acción misma, la “cosa misma” de Žižek, es el único bien conocido por los actores del siglo. De más está aclarar lo nietzcheano de esta idea, pero yo creo que la pasión de lo real no carece de una moral, sino que es en la experiencia subjetiva misma, propia del hombre, donde éste construye una (otra) moral por la cual se rige.
Empero, siguiendo al autor en su pensamiento (por este momento nietzcheano), decimos que el “siglo veinte” destruye la concepción del tiempo infinito.
El acá, el acto, funda el tiempo propio que implica lo real. Dicho de otra manera: lo real es el tiempo presente. Y por este tiempo presente se va a regir el hombre, éstas serán sus leyes, sus valores.
Es este sentido que va a “florecer” el pensamiento, no porque lo anime un ideal, ni mucho menos porque lo determine un tiempo histórico, sino todo lo contrario, el pensamiento debe aprender que lo real como acontecimiento es del orden del aparecer.
El hombre nuevo en el siglo voluntarista aparece y se manifiesta como el gran protagonista. El vitalismo voluntarista, como carne del hombre, hinca los dientes al monstruoso siglo.
Y nosotros ¿qué?, ahora. Imitemos el gesto, clavemos el diente en la carne despreocupada. Transgrediendo, desobedeciendo los imperativos decimonónicos, que, como dinosaurios, todavía nos atraviesan.
Si decimos imitar un gesto, nosotros podemos ser fieles a la pasión de lo real, al despliegue subjetivo que se jugó en el siglo mismo, y llamarlo, arbitrariamente: libertad del hacer.
Penetremos entonces, errabundeando, en diagonal y más profundo, en la obra de este francés.
Por qué propongo llamar “libertad del hacer” a lo que el autor llama pasión de lo real. Ahí va.
En un texto hermosísimo y contundente, el autor deja ver claramente lo que entiende por pasión de lo real: “(…)la historia política, por lo tanto subjetiva, de los comunistas, es esencialmente disyuntiva de su historia estatal. La objetividad criminal del estado stalinista es una cosa, la subjetividad militante de los comunistas es otra”.
Antes que nada, no quiero sacar de contexto, vuelvo a repetir, este impresionante texto. Primero, su nombre de publicación: “Acerca de un desastre oscuro. (Estado, Derecho y Política)”, aparecido en el debate filosófico dentro del contexto de la así llamada caída del mundo bipolar, y para ser más exacto, conoció el derrotero de discusión dentro de Francia en 1991.
Segundo, decir que desde ya compartimos el grueso de su análisis, y por qué no, su manifiesto.
Con respecto al párrafo citado mas arriba, es preciso separar las aguas, por decir así, con lo que venimos desplegando dentro de todo este escrito, lo que ha sido denominado como pasión de lo real.
Si la pasión de lo real (en Badiou) es la máxima subjetiva de los militantes comunistas, es decir, los que realizan “verdaderas” políticas emancipatorias, no es posible, o mejor, no nos sirve mucho para pensar en la clave que venimos trabajando “al siglo”, denominar de “objetividad criminal del estado stalinista” a la construcción, como gran empresa, del aparato partidario donde se cohesiona dicha subjetividad militante.
Por eso es que decimos, o preferimos llamar libertad del hacer a lo que el autor denominó pasión de lo real. Y esto no es caprichoso. Creo que esta diferencia, si es que existe alguna, nos mete de lleno en el debate sobre las “verdaderas políticas emancipatorias, digo, igualitarias, al momento de pensar y desplegar nuestras propias subjetividades.
Pienso, que nos puede servir mucho tratar de reinstalar en el escenario público, otra vez, el embrollo soviético, para no caer en consignas simplistas, que preconizan el retiro de la política, y más precisamente de la política como invención y alteración al orden establecido.
En este sentido es necesario ver, por un lado, dónde producimos una subjetividad que merezca el nombre de política en tanto alteridad radical, en tanto creación, y no mera reproducción de “políticas caducas” llamadas comunistas; por otro, cómo venía diciendo, es necesario ver qué es lo que ocurre con nuestra subjetividad cuando interviene el estado, y nuestra subjetividad se transforma en autoritaria y represiva, o simplemente no producimos nada, de nada, “políticamente”.
El libro que hemos interpretado es un gran libro, de una belleza estética intensa, explícita en su narración, no habitual en un libro de historia, si es que lo podemos llamar un “libro de historia”. Pero nos exhorta a nosotros, primero y fundamentalmente, en pensarnos como un nosotros, y ver en nuestros propios siglos (ahora sin comillas) qué producciones desplegamos para hacer pensables nuestras propias subjetividades, es decir, dónde se manifiesta nuestra libertad del hacer.
Por Gonzalo Rodríguez.
Diciembre 9, 2007 a las 3:08 pm
esto esta muy mal no hay ejemplos como va a aprender uno ke les pasa no saben oke nadamas para aparecer en esta seccion o ke les recomiendo ke pongan ejemplos
Diciembre 9, 2007 a las 3:16 pm
wespero ke contesten cobardes